23 enero 2007

Tablas en el ajedrez

El caballo blanco saltó al alfil amenazando la reina. La reina negra se hizo camino tras una larga barrera de peones. La torre blanca salió a su encuentro. Las dos reinas se enfrentaron. Una blanca, la otra negra. La pureza de una contra la oscura firmeza de su adversaria. Ambas piezas se desafiaron con su vista clavada la una en la otra, con el seño fruncido y la esbelta armonía de su cuerpo inmaculado, de su clara astucia y su fino talante de roble y barniz.

Una voz quebró el silencio.

–Propongo tablas. – Y la mirada del hombre escudriñó al adversario que aún estudiaba el tablero, como intentando atraer su mirada.

Una muchacha se acercó a la mesa, sin poder salir de su asombro.

–Pero abuelo... Si recién han comenzado...

–Acepto. – Contestó una tercera voz, estrechando la mano del otro jugador.

–Empate. – Sentenció el primero. – Como en los viejos tiempos.

–Los buenos tiempos, querrás decir.

–Sí. – Y su vista se extravió en algún lugar de la sala, más allá de los muebles de cuero, de las estanterías cargadas de libros antiguos y del crujir de los troncos en las vivas llamas de la estufa a leña. – Los buenos tiempos.

El sonido áspero de una silla arañando el parquet del suelo lo devolvió de su ensimismamiento. Era su nieta, cuyos ojos color esmeralda se paseaban por la inercia de las piezas sobre el tablero.

–A ver, mueve blancas. El partido no puede estancarse en quince movimientos. – Se detuvo un instante a reflexionar – ¿Cuántas combinaciones posibles puede haber con treinta y dos piezas y sesenta y cuatro casilleros, teniendo en cuenta ciertas restricciones de cada figura a la hora de avanzar y una lógica razonable en los movimientos?

–Roza el infinito. – contestó uno de los hombres, esbozando una sonrisa gentil.

–¿Entonces? ¿Por qué no siguen jugando?

–Porque tarde o temprano siempre terminaremos en tablas. – se adelantó su abuelo.

–Digamos que el juego no era más que un pretexto. – agregó su contrincante.

–¿Pretexto? ¿Para qué?

–Para recordar, que no es poca cosa.

–Además, esas infinitas combinaciones, que no son tales, culminan todas en un único resultado.

–A menos claro, que alguno de los dos cometa un error por distracción o por...

–Por chochera.

–Sí, por chochera. – recalcó el abuelo, con una sonora carcajada. – Los años vienen a ocupar el lugar que dejan la memoria y el pensamiento. Es mejor dejar en tablas la partida, antes que permitir a las piezas enunciar una verdad que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer. – El abuelo mojó sus labios en su whisky on the rocks, mero pretexto para ordenar sus ideas –Si uno de los reyes es abatido, la victoria no será de su adversario, sino del tiempo. Es el tiempo quien corona al campeón con su báculo de arena y de ambos se burla, pues para sí conserva el trofeo verdadero, el que más vale... o mejor dicho, el único que vale la pena conservar.

La joven suspiró y dejó escapar a su abuelo una mirada desafiante.

–Por favor... Mi abuelo, el intelectual, el hidalgo, el imbatible, se deja vencer por la cobardía y cae rendido en una estúpida partida de ajedrez.

–No es verdad, tesoro. Es sólo que...

–Tienes razón. No le temes a las piezas, lo que te acobarda es enfrentarte a ti mismo y a tu ego de viejo octogenario. – El otro hombre atinó a decir palabra, pero la joven lo atajó – Y para usted también va esto, señor.

–Tú no lo entiendes.

–¿Y qué quieres que entienda? Eres tú el que no lo ve. Cómo atraes, cómo seduces a la muerte con cada una de tus palabras. Cómo insitas a los años a que devoren los despojos del hombre que fuiste y jamás volverás a ser.– Con el mayor de sus esfuerzos enjugó la lágrima que atinaba cruzar el umbral de sus ojos. –Piensas que por evitar el espejo mantendrás la imagen que de él recibiste la última vez que te detuviste a apreciarla. Pues no. Cada día esa imagen será distinta, una arruga de más, un cabello de menos, el brillo de tus ojos que se apaga; y cuando quieras acordar, ya no eres el mismo y te preguntas ¿cómo llegamos hasta aquí? En ese mismo instante, añorarás el gris de ese último cabello que perdiste, y maldecirás la presencia de esa nueva línea que surca tu rostro. Desearás la imagen que ayer evitaste, la que por bronca o cobardía, tuviste el despecho de rehusar ¿y por qué? Por estar tan ocupado en añorar esa estúpida presencia que viste una vez estampada en un espejo.

Una lágrima asomó a los ojos de ambos hombres.

–Los viejos no lloran. –Sentenció el abuelo.

–Son los años que a uno lo ablandan –Respondió su contrincante.

–Sigan culpando a los años ustedes dos... –La joven sonrió a su abuelo y besó con dulzura su frente despoblada. –Ya es tarde, me voy a dormir.– Y mirando al otro hombre con la misma piedad que a su abuelo, sólo atinó a decir –Buenas noches.

–Buenas noches –Respondieron al unísono y ambos se sumieron en un silencio litúrgico, mientras la joven ascendía con pereza cada escalón, respetando la calidez del silencio que venía de la sala, donde los dos hombres permanecían con la vista clavada el uno en el otro, con una sonrisa en los labios y la mente perdida en algún lugar de las palabras de esa joven, que con la mayor humildad y casi sin quererlo, había vencido al tiempo y proclamado su victoria.

–Jaque. –La voz del abuelo rompió el silencio.

–¿Cuántas combinaciones posibles puede haber con treinta y dos piezas y sesenta y cuatro casilleros, teniendo en cuenta ciertas restricciones de cada figura a la hora de avanzar y una lógica razonable en los movimientos?

–Cállate y juega.

Un alfil se interpuso entre el rey oscuro y la blanca reina. La dama huyó, amenazando ambos caballos del enemigo: trofeo asegurado. Así cobró vida una vez más el tablero y la batalla se hizo incontenible. Ambos bandos dieron lo mejor de sí. La astucia centellaba en cada movimiento y el ritmo se hizo constante y despiadado. Uno a uno fueron quedando a un lado del tablero los caídos en batalla, como víctimas de un combate del que los libros no guardan memoria, pero cuya ejecución encerró un secreto tan profundo, que por él dieron la vida hombres y mujeres a lo largo de la historia. En sus entrañas, dos hombres lucharon codo a codo por vencer al destino, por aferrarse a la vida, que no es lo mismo que intentar prolongarla; por burlarse de la muerte, que no es lo mismo que procurar alejarla.

La partida terminó cuando el último peón blanco resultó abatido y el tablero fue despojado de toda pieza, con excepción de ambos reyes, el vigoroso soberano de la luz y el arrogante señor de las tinieblas.

Históricamente toda partida de ajedrez culmina con un fuerte apretón de brazos, como una solemne invitación a una posterior revancha, a una nueva batalla en un futuro próximo o lejano. Sin embargo esta vez, un abrazo selló la partida, como una invitación al encuentro de nuevos pretextos, una excusa más para volver a actuar, ya no para recordar –que eso es poca cosa –, sino para alimentar la memoria. Ambos hombres fueron concientes, por primera vez en mucho tiempo, que aún estaban a tiempo de andar camino. Nunca es tarde para sembrar recuerdos, para ahuyentar el miedo y arrebatarle al tiempo su trofeo verdadero, el que más vale... o mejor dicho, el único que vale la pena conservar.


Federico Comesaña.

30 octubre 2006

Triste ironía

En las noches vacías en que se pierden mis besos, faltos de objetivos, faltos de misiones. En noches como aquellas en que mi alma ignoraba la existencia de tu alma y mi boca vagaba por oscuros rincones, sin la luz de las estrellas que iluminan tu cuerpo a la distancia. Noches de sombra que esconden mil secretos, enigmas que se pierden en el viento y huyen, como huye la osadía de ofrecerte un refugio entre mis brazos que son tuyos. En noches como aquellas te soñé y aún te sueño a cada instante, te creé y recreé cual pintor que entre acuarelas y lienzos ensaya su obra maestra. Soñé con el brillo de tus manos, con tus ojitos turquesa, con el cáliz de tu vientre, contigo y tus palabras. Y sin embargo no te alcanzo, luz de espejismo, cárcel de reproches.

La noche se apaga y tus cantos enmudecen porque tú no estás aquí. Sólo la imagen de un recuerdo recurrente que asalta mi memoria sin culpas ni piedad. Sólo eso prevalece a la tormenta de tu ausencia; esta triste ironía de tenerte y no tenerte, de esperarte y no encontrarte, de saberte mía y saberte a la vez tan lejos.

Qué injusto es el amor que todo lo puede excepto traerte conmigo esta noche. Qué injustos los minutos que torturan mi conciencia y recuerdan otras noches en que con tu dedo dibujamos mil constelaciones entre los huecos que deja en nuestro cielo el cielo raso. Otras noches, donde tus sueños descansaban con los míos, donde entre mi cuerpo y el tuyo no cabía ni una excusa ni un pretexto; donde armados de besos apagamos nuestros miedos y encendimos la esperanza de escaparnos juntos de esta fiesta de disfraces, y de esta cárcel de palabras concretamos nuestra huida.

No. La noche no es la misma desde que tus caricias me enseñaron a extrañarte, desde que tus labios adormecieron esa sed que me llevó, en caída libre, hacia tus brazos. Y nuevamente te sueño. Te imagino, perdida entre las dunas de tu cama, tendida como yo, rendida y acorralada por las nubes de lo incierto; soñándome acurrucado en tu pecho, soñando que te sueño, que escucho tu voz a la distancia y te respondo, con mi voz luchando contra el viento para alcanzar tu oído con la intensidad de un susurro. Ya no hay Dios que nos separe, ni autoridad, ni guerra; no hay enigma que se resista a tu ingenio y al mío, no hay vacío que se oponga al torrente de gestos, al vaivén de caricias que nos unen en la noche. Yo en tus sueños, tú en los míos, soñando juntos aunque no duermas conmigo.



Federico Comesaña

18 octubre 2006

Que la noche nos encuentre

Que la noche nos encuentre
entre las olas de mi cama,
naufragando sobre un beso
mar de sombras y de luz.

Que la noche nos encuentre
y nos refugie entre sus brazos;
de la lluvia que acaricia
con dulzura el ventanal.

Que la noche nos encuentre
entre caricias sin recaudo,
entre excesos de ternura,
entre pompas de jabón.

Que la noche nos encuentre,
y acaricie nuestros cuerpos,
que se pierda entre tus curvas,
y se aferre a mi colchón.

Que la noche se detenga
y que las horas ya no avancen.
Que los relojes abandonen
su pausado caminar.

Que la ciudad y el mundo
continúen con sus sueños
tristes, grises, recurrentes;
mientras nosotros
nuestros sueños
aprendemos a mezclar.

Y mis sueños se hacen tuyos,
y tus sueños se hacen míos,
entre cantos de plata
y versos de jazmín.


Presos de una noche
que se pinta en el recuerdo
como un lienzo de acuarelas
que se imprime con un beso

Presos de un silencio
que no es ausencia sino esperanza,
que no es pasado sino futuro,
que no es intriga
sino certeza.


Federico Comesaña

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08 octubre 2006

Y en mi recuerdo...

En palabras que se hacen verso yacen los retazos de ese Dios en que me negué a creer. Me reconozco perdido, flotando entre letras en un mar de ausencias del que intento escapar. Intento pero no avanzo.

Mis dudas me mantienen a flote.

No hay un Dios que me cargue en sus espaldas, un Dios que me enseñe a nadar, u otro que construya ni un barquito de papel.

No. Mi Dios no es ese. Mi Dios no es así.

Entonces me pregunto ¿Creo en Dios? Mi mente se debate entre el vacío estéril de la ausencia pagana y el cálido abrazo de un Dios que es bienvenida, que es vida y que es amor.

Sí. En eso creo, yo creo en el amor. El amor que puede más que un B-52, o que un acorazado, o que el uranio enriquecido, o que una bomba de napalm; o que un insulto, una lágrima, un desprecio o un prejuicio. El amor que es victoria y de vez en cuando derrota, que es sorpresa y que es razón.

De todas formas, ya no importa. Aunque su grito aún resuena, estridente, en mi cabeza, hace rato que esa mente traicionó mi confianza y me decido a ignorarla. Sin embargo persiste. Susurra en mi oído interrogantes absurdas... ¿Quién es?... ¿Dónde está?...

No. No la escucho... Pero por dentro bacilo ¿Y si tiene razón?... Y las mismas preguntas de siempre... No. Otra vez no. Creo en ese Dios que es esperanza, mi Dios es vida, mi Dios es paz, es fuerza y coraje, es luz y es empatía.

¿Y dónde está?

En cada uno de mis atardeceres, en la risa tímida de aquel niño que es y que ya no, en la fina sinfonía de la noche en primavera, en la caricia que se hace eterna, en el brillo de la lágrima que se enjuga con un beso. ¡Ay! Un beso... para eso sí pondría esta otra mejilla... solamente por un beso.

¿Será que allí se encuentra Él? ¿Será que allí está mi Dios? ¿Y en mi mente? ¿Por qué no ahí?

En mi mente no hay lugar para redes de pesca, para cruces de madera, para sandalias gastadas, para el vino del Caná.

Una leve intuición se refugia en los escombros de mi alma, pequeñita, como fugaz suspiro que se pierde en la tormenta. Pero ahí está ella; y se enciende, y se apaga, y se vuelve a encender, como una luciérnaga... como yo.

Me ilumina. Y ya no importa nada más. En ese rincón alejado del mundo y sus constantes convulsiones, alejado de mi mente y sus secuaces taciturnos; mi intuición se hace certeza por un ratito nada más–, y me enseña que el mundo no es obra de la suerte y que las palabras vuelan impulsadas por el soplo de una boca que no es mía, que el camino es uno sólo: el que habrá que construir.

Por un momento me comprendo entero, de pies a cabeza. Me siento eterno y vuelo y canto y sueño ¡Y ESO ALCANZA! Me hago uno con la nada y me convierto en todo... y así aterrizo, con mi certeza hecha intuición.

Mi mente sonríe. Yo replico, “lo encontré”. “¿Dónde?”, me contesta, “Yo no lo veo”. Y no hay caso. Me trago mi retórica y mis explicaciones austeras. Y así me quedo, con mis brazos cansados de remar contra mis dudas y mi mente enterquecida, esperando una razón; con un beso en cada una de mis dos mejillas y una intuición en el alma... con una cruz en la espalda y en mi recuerdo...

En mi recuerdo, mi Dios.


Federico Comesaña

26 setiembre 2006

Volveremos a encontrarnos

Le digo adiós a tus ojos y otro adiós a tu mirada.
Me despido de tu sombra y de tu luz.
Cachorrito de mi alma sediento de esperanzas,
huye de la ausencia y refúgiate en el recuerdo;
allí espérame, que allí estaré.

Hoy me ves y me despides,
mi mejilla besas con húmedos labios
de lágrimas que en secreto has derramado,
de llantos y adioses que marcan
de la historia, su final.


Pero no sabes que el tiempo,
apiadándose de mi dolor,
me ha susurrado al oído, palabras
que lograron devolver;
a mis ojos la ilusión.

Hoy te he visto y he entendido todo.
Tú no sabes, pero yo lo sé...
Y así te vas, te vas y me despides,
sin saber que un día;
volveremos a encontrarnos.


Federico Comesaña.

20 setiembre 2006

FUIMOS - Parte III -

Agradezco nuevamente los comentarios recibidos, como también el interés que este cuento despertó. En especial a todo aquel que se animó a involucrarse en esta historia y acompañó desde un principio el nacimiento de esta obra que hoy encuentra su final. Como ya saben, el cuento entero es una antesala de "la espera" de Jorge Luis Borges, por ello dejo a continuación un link donde pueden encontrar el cuento original y continuar con la historia que en este post termina (quien esté interesado, haga clic aquí). De más está decir que cualquier comentario, crítica, precisión, o lo que por sus mentes se atraviese, no duden en escribirlo, porque yo voy a estar a la espera de sus palabras. Muchas gracias por estar ahí y les deseo que tanta intriga no haya sido en vano.
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...Continuación del post anterior.


La mano derecha le temblaba, no era frío sino otra cosa. La primera etapa de su plan estaba cumplida, la segunda era más fácil aún. Debía asegurarse de que nadie pudiera vincularlo con el crimen. Una única persona estaba al tanto del embarazo y si ese individuo desaparecía, su vida podría continuar como si aquella noche no existiera más allá de su memoria. Aunque él sabía que por más que así fuera, aunque pudiera colarse en su casa y eliminar al Doctor Andrade, el sueño de volver el tiempo atrás no era más que eso: una estúpida ilusión.


Al salir del hotel se dirigió a paso firme por el empedrado hacia la casa del profesional, a unas cuadras de allí. Ni siquiera se cubrió la cabeza con la gabardina, la lluvia lo tenía sin cuidado.

Era una casa de estilo colonial, con grandes ventanales y un hermoso balcón que le recordaba a la casa de su infancia. Vio con sorpresa que la única luz encendida era la del estudio. La ansiedad lo invadió de golpe, no podía esperar más. La incertidumbre debería ser, las más de las veces, más temida que a la muerte.

Llamó a la puerta. Sintió el crujir de los escalones y el sonido se hacía cada vez más cercano. Una voz intranquila irrumpió el silencio:

–¿Quién anda ahí?

Nadie contestó.

Manuel Andrade preguntó de nuevo. Nada otra vez. Quitó una a una las trabas de la puerta y la abrió con lentitud, con la vista clavada en el otro lado. De pronto, una figura forcejeó fieramente, Andrade opuso resistencia, pero el extraño pudo más que él y lo obligó a apartarse de la puerta.

El hombre ingresó a oscuras al recinto, Andrade continuó retrocediendo.

–Usted… – Se animó a decir, mezcla de sorpresa y desencanto. – Sabía que iba a venir, es más, esperaba que lo hiciera.

–No lo entiende – dijo el hombre y del bolsillo de su gabardina extrajo el revólver de metal –, usted sabe demasiado.

–¿Qué arreglaría con matarme? ¡Dígame! – Replicó Andrade, mirándolo a los ojos con firmeza.

El hombre quedó sorprendido por esa inesperada demostración de valentía, de la cual él jamás se sentiría capaz. Permaneció en silencio, con la vista clavada en su víctima y el brazo tenso, bien tenso; mientras su dedo índice se acercaba al gatillo.

–Escuche, alguien más lo sabe –confesó–, alguien más pagó por la misma información que usted.

El hombre bajó el arma, ya nada estaba asegurado. Supo al instante que Andrade no mentía, supo de quién se trataba. Había subestimado a Alejandro Villari. Al parecer, aunque su hija no lo creyese, se preocupaba por ella a su manera.


–Tres hombres vinieron a mi casa esta noche, preguntándome por la consulta que Nuria Villari me había hecho en la clínica el miércoles pasado. Naturalmente, les contesté que no podía proporcionarles esa información. El más viejo de los tres me propuso un trato que no pude rechazar. No todos los días alguien viene y me entrega en la mano cinco mil argentinos. A decir verdad, no quise hacer preguntas. Pensé que debía estar desesperado, no creo que un hombre como Villari haya llegado hasta donde está haciendo tratos de esa manera ¿no cree?

–¿Lo conoce?

–¿Bromea? No hay nadie en Melo que no conozca a Villari, es dueño de media ciudad. No pensé que esos análisis pudieran ser tan provechosos… No se quede ahí, pase. Acompáñeme, por favor.

El hombre se dejó llevar hacia el estudio. Ya estaba entregado. Su plan había fallado. Nunca tuvo en cuenta que al igual que él, los hombres de Villari podrían haber seguido a Nuria hasta el hospital aquella mañana. Era hombre muerto. Su cabeza rodaría ante los pies de su jefe; una muerte dolorosa y sangrienta, como estilaba imponerle a los traidores.

–Tranquilo hombre, relájese… Conozco a la gente como usted ¿sabe? Muy lejos de lo que piensa el vulgo, ésta no es una ciudad tranquila. Todo lo contrario. Desde que Villari plantó un pié en Melo, las cosas cambiaron. Dígamelo a mí que estoy a cargo del hospital: los baleados desfilan por las salas de emergencia. Que yo recuerde, las cosas no eran así cuando yo era un pibe… sin contar todos aquellos que no pasan por el hospital y van directo a la morgue.

Por más que la habitación era de lo más confortable, al hombre no le resultó de su agrado. Las paredes estaban tapizadas de libros y el suelo, cubierto con una gruesa y delicada alfombra, daba la sensación de una atmósfera cálida y tranquila al ambiente, en la que la apariencia de aquel individuo desentonaba claramente. En el centro de la habitación había un escritorio; en él, una lámpara de mesa brillaba con suavidad. Una enorme valija descansaba en el extremo izquierdo del mueble.

Andrade recorrió la habitación con paso decidido, se detuvo detrás del escritorio, posó su mano en el segundo cajón y comenzó a abrirlo.

–¡Alto! – lo detuvo la voz del hombre con tono severo. Con un rápido movimiento, desenfundó el revólver que descansaba en su gabardina – Las manos donde yo pueda verlas Doctor.

–Tranquilo muchacho. No tengo armas en mi casa, Dios me libre. Acérquese y abra ese cajón. Tengo algo para usted.

El hombre accedió.

–¿Vio esas llaves? Tómelas, las va a necesitar.

–¿Para qué? –Preguntó, sin entender.

–Ya verá mi amigo, ya verá.

–Mire Doctor, no estoy para ningún juego…

–Yo tampoco – replicó Andrade. – Su vida corre peligro, ¿piensa que no lo sé? ¿Piensa que no sé también que todo esto es mi culpa, que si yo no le hubiera dado esa información a ese delincuente, Usted no estaría aquí, ahora?.

Se equivocaba. Si no lo hubiera hecho, todo habría sido más fácil, es verdad. Pero inconscientemente, Manuel Andrade, lejos de cometer una traición; de momento, había logrado salvar su propia vida.

–Todavía hay algo que puedo hacer para ayudarlo. Esas, señor, son las llaves de mi auto. Es suyo.

La cara del hombre se transformó por completo. El Doctor Andrade le había abierto una última esperanza: aún quedaba una salida. Permaneció en silencio, el otro tomó ese gesto como un intento de gratitud.


–Y aquí – dijo Andrade, cargando la pesada valija y soltándola torpemente sobre el escritorio–, está todo lo que puede llegar a necesitar, sospecho que mi ropa le quedará algo ajustada; pero créame, es última moda en París...

Ambos sonrieron. Uno de ellos, porque por fin había podido recuperar su amor propio, la tranquilidad consigo mismo al saberse redimido de las culpas que manchaban su conciencia; el otro... el otro simplemente por sonreír.

–Ahora vaya. Parece que ha dejado de llover. Aún le espera un largo camino hacia donde se dirija… Y no me lo diga. Hay cosas que prefiero no saber, usted entenderá... –hizo una pausa para hurgar sus bolsillos – Tenga, es todo lo que puedo darle.

En sus manos, el dinero de Villari, cinco mil pesos en moneda argentina, aguardaban las manos sudorosas del matón. El hombre tomó el dinero y miró al Doctor. Andrade guiñó un ojo y con cariño le palmeó la espalda.

–El auto está afuera, lo acompañaré hasta la puerta.

Ambos caminaron escaleras abajo, pero sólo el hombre atravesó la puerta. Al entrar al auto, la voz del Doctor se sintió a la distancia:

–A propósito, ¿cómo está la niña? Me imagino que no será fácil para Nuria habituarse a una nueva vida. Es una hermosa joven. Espero que sepa protegerla...

La respuesta llegó con retraso, pero llegó. La bala le atravesó la cien y se perdió en la inmensidad de la casa. El cuerpo de Manuel Andrade quedó tendido en la puerta de aquel caserón. Un tinte color carmín tiñó los charcos de lluvia que descansaban aún en la entrada. Los vecinos cerraron sus puertas. Hasta la mañana siguiente, nadie denunció nada… nadie se animó a hacerlo.

El hombre encendió el motor, abrió la ventanilla y arrancó.

La noche, en cuestión de minutos se había despejado. La tormenta había menguado y el olor a tierra húmeda impregnaba la brisa fría y a la vez relajante. Aún estaba vivo, como vivo estaba el recuerdo de aquella habitación de hotel. Miró por el espejo. Las luces de la ciudad se hacían cada vez más pequeñas, luciérnagas diminutas que se adivinaban a lo lejos.

Suspiró.

Tardó un momento en ordenar sus ideas. ¿A dónde se dirigía? Ni él lo sabía. Sólo sabía que aquella noche, triste y despiadada, había quedado atrás. Y allí adelante, donde el horizonte interceptaba esa ruta solitaria, se escondía un nuevo principio. Allí adelante, donde mueren los caminos, comenzaba la inmunda espera.

“…Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza,
que no puede vislumbrar la tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora,
que no reza, que no llora,
que se echó a morir”.


Federico Comesaña

13 setiembre 2006

FUIMOS - Parte II -

Me parece que la primera parte del cuento no tuvo gran aceptación, o será que la gente se puso tímida y no comenta. Cada comentario (para bien o para mal) es un incentivo más para seguir escribiendo. Prometo de ahora en más hacerme un tiempo para contestar y ¿por qué no? para conversar en diferido. Soy conciente de que la segunda parte me quedó demasiado larga para un solo post, pero juro que vale la pena. Sin temor a equivocarme es lo mejor que he escrito hasta ahora. Prometo no desilusionarlos... Y aún queda por definirse el final, que de seguro va a quedar mucho más corto. Que lo disfruten...
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...Continuación del post anterior.

Conforme las horas apuraban su paso, el rencor se convertía en odio y el odio en misericordia; pero al final, las culpas siempre recaían en ella y en sí mismo. Se sintió solo, pero era esa misma soledad la que lo aliviaba, la que le impedía pensar en otra cosa que no fuera en sí mismo y en la manera de salir impune de este asunto.

La tarde arribó a la mañana y a ésta le sucedió la noche. El hombre permaneció en silencio. El personal del hotel le llevó, como de costumbre, el almuerzo a la habitación. La atención era de primera, más aún, al saber quién era el que pagaba la estadía de este individuo en el hotel.

La lasaña parecía estar deliciosa, pero no pudo probar un solo bocado. El plato permaneció allí, sobre la mesa, inmaculado; ya frío cuando el sonido seco y estridente del cargador del revólver penetrando el arma, resonó en toda la habitación, como una puerta que se cierra en un camino que ya no tiene vuelta a atrás.

Al salir del hotel la lluvia, antes mansa y armoniosa, mostraba su rostro más hostil, y de la mano del frío y del viento, persuadían a cualquier parroquiano a dejar para otro día el más importante de los asuntos que implicase aventurarse a la tormenta.

Aún así, el hombre atravesó la ciudad a pie en cuestión de minutos. La lluvia no le inquietaba, a lo único que no podía escapar era el frío, un frío que no provenía del ambiente, sino, mucho peor aún, de su conciencia. El viento acariciaba su rostro con una mano áspera e irritante que de a ratos, le impedía abrir los ojos.

En medio de ese paisaje lúgubre y hostil, arribó al hotel de la calle principal, propiedad del propio Villari. Fachada perfecta para el lavado de dinero ¿De qué otra manera se podía explicar un hotel de lujo en el corazón de Cerro Largo?

Su objetivo era el más simple y a la vez el más difícil. Por un lado, se trataba de hacer lo que mejor sabía, el trabajo que venía desempeñando para su jefe desde el primer día en el negocio. Sin embargo, esta vez la víctima no era un traidor ni un mal pagador, no se trataba de un simple ajuste de cuentas ni de una jugada estratégica de las que solía realizar Villari; sino, de un intento desesperado por parte del traidor de escapar de la muerte y de gambetear al destino.

Tanteó el revólver en el bolsillo interior de su gabardina. Repasó el plan. Entraría al edificio pasando ante todos desapercibido, ingresaría directamente al ascensor sin levantar sospechas. Nadie lo reconocería. Por suerte, la política de Villari era muy estricta al respecto: nunca mezclar los negocios limpios con los negocios sucios; siempre que hizo falta, las reuniones se realizaban fuera de su hotel, nunca a la vista de sus empleados ni al acecho de sus enemigos, que para él, eran una misma cosa.

Una vez allí se escabulliría directamente a la habitación 512, donde en noches como esta, había encontrado refugio. Congeló su mente, “basta de perder el tiempo, nada puede fallar”; intentó convencerse, cuando la verdadera razón se encontraba en que el simple hecho de imaginarse franqueando esa puerta, le revolvía la conciencia.

Al llegar al ascensor sintió cierto alivio: el camino estaba libre. Su aspecto desarreglado pasaba desapercibido entre la horda de gente que escapaba de la tormenta. Todo marchaba según lo esperado.

Golpeó la puerta de la habitación tres veces. Esperó unos segundos hasta que por fin, la voz de una joven atravesó la puerta:

–Pase. Los platos déjelos sobre la mesa. La propina está en lugar de siempre.

El hombre abrió la puerta y entró en la habitación. Todo segundo en el pasillo hacía peligrar su plan. Cerró con prisa la puerta y lentamente desabotonó su gabardina, sin decir palabra.

Ante él, la joven aguardaba en silencio, sorprendida.

–No pensé que vinieras… por la tormenta digo…

El hombre permaneció imperturbable, su mirada perdida en los ojos color esmeralda de la joven que aguardaba, sentada en el sillón de la suite.

–Nunca me dijiste nada sobre tu visita al Doctor Andrade.

–No tenía por qué, era sólo una revisión de rutina.

–Mientes. – Afirmó él. – Lo sé todo.

La mirada de la joven se cubrió de miedo y el hombre comenzó a caminar por aquel cuarto de hotel, escenario de tantos encuentros, manta que encubrió, como fiel confidente, la más grande de las traiciones.

–Debí suponerlo –dijo ella finalmente–, esa mirada lo dice todo. Tengo miedo ¿sabes? Tengo mucho miedo de él… pero también de ti. Estuve pensando mucho al respecto y…

Su mirada se tiñó de tristeza, pero a la vez, la esperanza le aceleraba las palabras, una esperanza oculta que él jamás logró entender.

–¿Él lo sabe? –La interrumpió.

–No, está muy ocupado en sus asuntos como para prestarme la más mínima atención… Hablaré con él mañana. Lo mejor va a ser decírselo, contarle de una vez por todas la verdad. No te digo que será fácil, no le gustará para nada... Le costará aceptarlo al principio, pero no veo otra salida.

Podía mentirse a sí misma. Podía incluso, llegar a creer esas palabras; pero él sabía que nada de eso era cierto, él sabía que su final ya estaba escrito.

–Yo sí. – Respondió él, introduciendo lentamente su mano derecha en el bolsillo interior de la gabardina negra. – Yo sí encuentro otra salida.

Ella se volvió a la ventana; de seguro, para ocultar las lágrimas que una a una recorrían su mejilla, creyendo que de esa forma podía mantener intacta su imagen de mujer fuerte, de suspicacia y perfección; que podía esconder tras una coraza todo aquello que pretendía ocultar de la mirada de aquel hombre que en noches cálidas y noches grises, había descubierto y redescubierto la manera; esa manera única y a la vez majestuosa de hacerla feliz.

–Me quieres ¿verdad?... ¿Aún me quieres? – Su voz se quebró de golpe, comenzó a girar su cabeza – Dímelo, por favor...

Cuando se dio vuelta y sus ojos, húmedos aún, buscaron el contacto con la mirada imperturbable de aquel hombre gris, ya era demasiado tarde.

Su brazo, el de él; ya estaba extendido, su dedo en el gatillo y su mirada en el suelo, intentando engañar a su mente y en definitiva, a su corazón.

La bala surcó la habitación en silencio, la bala que cortó la espera. Afuera, la tormenta rugía con furia incontrolable, el agua y el viento azotaban los cristales de los inmensos ventanales. Un relámpago iluminó la habitación en penumbra. Adentro, el tiempo se había congelado; cada segundo, cada instante parecía una eternidad.

El hombre levantó la mirada en silencio, siempre en silencio. Nuria Villari, la hija del alto empresario, del mafioso más temido de la región, su jefe y de a ratos, su amigo; yacía muerta en esa misma habitación de hotel. Quiso llorar y no pudo. Quiso que su reloj cambiara el sentido de su eterno caminar, pero sabía que era imposible, sabía que no podía más que ocultar bajo llave, en su memoria, el estruendo de la bala contenido en el silenciador de su revólver; del mismo modo que contenida, en su espíritu, yacía la respuesta a aquella pregunta que la joven le había hecho a segundos de encontrarse cara a cara con la muerte.

“Dímelo, por favor...”

Su voz resonó en la cabeza del asesino.

“Me quieres ¿verdad?... ¿Aún me quieres?”

El recuerdo lo azotó nuevamente y otra y otra vez, como un látigo que descargaba con furia todo el odio y el rencor que él mismo se tenía.

–Más que nunca… – Contestó para sí –… Más que nunca.

No sin antes darse cuenta, que un disparo puede borrar una existencia, sí; pero no puede –nunca puede–, borrar el recuerdo ni el dolor de la ausencia.

Una bala se llevó a Nuria, una bala proveniente del revólver que aguardaba, ansioso de una nueva víctima, en su mano derecha. La misma bala, que se había llevado al hijo que aguardaba en el vientre de aquella joven, el hijo que jamás tendría que haber estado ahí. De él era la culpa y sólo de él.

“Mi hijo”, pensó; y de esa manera se dejó morir, no del mismo modo que ellos, sino de una forma más penosa aún, más aberrante. Su mirada cambió, escondió nuevamente el revólver en la gabardina y se dispuso a abandonar la escena del crimen, aquel cuarto de hotel en que sus sueños y sus pesadillas, cada uno a su momento, se hicieron realidad.

Continuará...


Federico Comesaña

07 setiembre 2006

FUIMOS - Parte I -

Inspirado en "La espera" de Jorge Luis Borges, intento recrear esa noche anterior de la que habla el Maestro, de la que sólo hace mención y deja completamente a cargo de la imaginación del lector. Este cuento, que intenta ser un preámbulo a la obra de Borges, será entregado en tres partes, por esa maldad intrínseca del escritor de sembrar la intriga en sus lectores. Espero sea de su agrado y mil gracias a todos, por dar vida con sus comentarios, a esta Cárcel de Palabras.
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El timbre del teléfono azotó el silencio de aquel cuarto sepulcral. Sonó una, dos, tres veces. Nadie contestó.

La oscuridad lo cubría todo, un único haz de luz se colaba entre las persianas mal cerradas, una luz polvorienta que cortaba en dos la oscuridad absoluta, el vacío total. El teléfono volvió a sonar; esta vez, con mayor insistencia.

El hombre abrió los ojos, dejando atrás aquel sueño que tantas noches había esperado. Sonrió. Miró hacia su costado y con sorpresa percibió su soledad. Tanteó con su mano izquierda la otra mitad de la cama y nada, no había nadie más aparte de él en aquella habitación oscura.

Suspiró.


–Fue sólo un sueño… – Reflexionó en voz alta, como esperando una respuesta, una negación que viniera de algún lugar. “Quizás del baño”, pensó. Pero la luz no estaba encendida, ni la ducha, ni nada. “Fue sólo un sueño”, se convenció.

El teléfono continuó percutiendo con su sonar monótono y taladrante, el hombre se resignó a atender, sin siquiera intentar adivinar quien estaba del otro lado de la línea. Era un hombre de acción, no de conjeturas ni especulaciones. Para su jefe era mejor así, nunca le gustaron los preguntones dentro de sus filas, o los visionarios en los cuales, según él, no podía fiarse ni un segundo. El hombre estaba a gusto bajo las órdenes de Alejandro Villari, no por compartir con el mafioso un mismo origen y una misma moral; no por sentirse protegido bajo la influencia de tan poderoso personaje; sino, simplemente, porque seguir las ordenes de alguien más lo alejaba de la dura tarea de decidir y de tomar iniciativas. El hombre siempre prefirió la dama al ajedrez.

Levantó el tubo.

–Diga...

–Sabe quien le habla. – La voz le sonaba vagamente familiar, tardó un segundo en reconocer de quién se trataba; pero ese susurrar precavido, ese tartamudeo propio de quien se deja caer en las garras del miedo, sólo podía corresponder a una única persona; tardes enteras había estado esperando esa llamada. – Disculpe la tardanza, los exámenes se demoraron y…

–No tengo tiempo para excusas, ¿cuál fue el resultado Doctor?

–Sus temores son ciertos, la prueba dio positiva.

El hombre vaciló.

–¿Está seguro?

–Completamente, en esta clase de análisis el margen de error es mínimo, despreciable a mi parecer.

–Por su bien, que así sea. Le recuerdo Doctor, que el precio que pagué por esta información no admite la más mínima equivocación de su parte.

Del otro lado de la línea, el Doctor Manuel Andrade estaba a punto de infartar. El tono amenazador en la voz de ese hombre confirmaba las palabras de aquella tarde en su despacho al despedirse: “su vida depende de ese análisis Doctor, no se olvide de ello”. Hasta entonces, esa frase se había adueñado de su pensamiento y ahora, del otro lado del tubo, el mismísimo Lucifer reafirmaba su amenaza.

–Puede confiar en mi palabra – Dijo finalmente el Doctor, intentando ocultar en vano, su tensión y sus miedos.

El hombre dejó caer el tubo y se alejó en silencio, no había nada más que decir ni preguntar.

Abrió la persiana.

Afuera, un manto de nubes envolvía la ciudad, confundiendo los colores de los árboles, los autos y edificios en un matiz infinito de negros, blancos y grises. El melancólico y desafiante sonar de un tango se adivinaba entre el canto de los pájaros y las voces matinales. Era de Manzi, una pieza triste y taciturna titulada Fuimos. El hombre permaneció en silencio, dejándose llevar por aquel ritmo solitario proveniente de algún antro en lontananza.

“Fui como una lluvia de cenizas y fatigas
en las horas resignadas de tu vida.
Gota de vinagre derramada,
fatalmente derramada sobre tus heridas.
Fuiste, por mi culpa, golondrina entre la nieve,
rosa marchita por la nube que no llueve…“

No encontró mejor refugio para su mente que la letra de aquella canción. No por ser adepto a la poesía popular del tango, a la cual consideraba poco más que una pérdida de tiempo; ni por verse a sí mismo dibujado en las palabras de aquel cantor que con trazo firme y elegante, esbozaba en jirones de notas su recuerdo y su memoria; no por eso pienso yo, sino por cobardía, claro; por simple y vulgar temor a verse y encontrarse a solas con su pensamiento.

El tango continuaba, al tiempo que las primeras gotas comenzaban a caer del cielo. Era una lluvia suave y silenciosa que acompañaba el fino vaivén del piano y bandoneón; y juntos, los tres, mantenían la armonía de un ritmo exquisito, de austera perfección.

“…Fuimos abrazados a la angustia de un presagio
por la noche de un camino sin salidas.
Pálidos despojos de un naufragio
sacudido por las olas del amor de la vida…”

La noticia aún percutía en su cabeza, ya nada importaba más que la certeza de saber que sus temores se habían hecho realidad. Sin embargo, no todo estaba perdido. Una idea, fugaz y repentina, recorrió su conciencia con la fuerza y la velocidad de un rayo. Al principio la descartó, convencido de que debía haber otra salida. Finalmente, la ausencia de nuevas ideas acotó sus posibilidades. Miró el lado positivo: aún quedaba una esperanza en pie.

Era tiempo de actuar. El hombre se encontraba al borde de perderlo todo y la idea de dar un paso al frente no estaba en su mente ni en sus planes.


¿Estaba dispuesto a arriesgar su vida por esa mujer? ¿Estaba dispuesto a perderlo todo por aquella mirada de ángel y ese cuerpo infernal? No, claro que no, el muy imbécil pensó que con ella borraría el recuerdo de aquella noche de abril. Pensó que así sería más fácil, intuyó que la noche del alma no era más que la antesala a la alborada del ser. Confundió, como otros tantos, el amor con el sueño y creyó que éste, tiene un principio y un fin; lo primero, puede que así sea, pero nunca lo segundo. El amor, dijo Lope de Vega, tiene fácil la entrada y difícil la salida.

Finalmente, arribó a una decisión. Le costaba imaginarse vaciando de esa forma el cargador de su revólver, el frío de la bala atravesando la misma piel que horas antes, había soñado acariciar. Pero no era ese el pecado que lo iba a condenar, no; sino la traición, la traición al hombre que le había dado todo y que de saber la verdad, se lo arrebataría junto a su vida. Y no, no era sólo lujuria lo que corría por sus venas, pero su estrechez no le permitía darse cuenta que esa niña, arrogante y caprichosa, le había robado el corazón.

Continuará...


Federico Comesaña

20 agosto 2006

La ciudad parece un mundo

Tras el tinte oscuro del cristal polarizado, con mi mente aún bajo tu ropa y mis pupilas indecisas, recorro la ciudad autista de mis sueños desvelados; dilatadas de a ratos, por la oscura presencia de la noche gris, de la triste y absoluta ausencia de luminarias de turno; y de a ratos contraídas, por el destello fugaz del neón centellante.

Desde la ventana del taxi, la ciudad me parece un mundo. Son las tres de la mañana y el rojo albor del alumbrado enciende la noche, la abraza toda en un fuego sucio y escarchado que no quema. Un fuego de hielo que penetra la piel. Un fuego que se expande y se contagia.

Tal es el hechizo de la noche en mi ciudad, donde pequeños pajaritos de colores tiñen de negro sus frágiles contornos, para que siniestros nubarrones los confundan y no logren sabotear su cansado vuelo; donde con el alma de unos cuantos se pagan las culpas de la indiferencia de otros tantos; y donde un par de unicornios añejados se disputan los sueños en que habrán de aparecer.

La ciudad parece un mundo cuando se la ve en movimiento, cuando uno no es más que una suerte de fantasma que se desliza en silencio, formando parte del torrente de vehículos que fluye, calmo, a esas horas de la noche; como un río de concreto que descansa, apacible, balanceándose indiferente al frío impulso del potente vendaval.

Un semáforo en rojo detiene nuestro viaje. El taxista me habla de esas cuestiones que son moneda corriente en el diálogo conductor-pasajero: Que el tránsito está horrible, que la paga es aún peor, que la humedad, que la noche es insufrible, que las mujeres, que la inseguridad... Apoyo mi cabeza en la ventana y lo dejo que siga en su monólogo infrenable. En mi mente no hay espacio más que para ti, tus ojos, tu mirada, tu semblante, tus palabras.

A lo lejos se divisan los rostros de la calle. Niños, jóvenes, adultos, todos ellos ancianos. Rostros cargados de tristeza, vacíos de esperanza, que viven en la noche y a la vez se esconden de ella en un bunker de nylon y cartón. Rostros olvidados sin pasado ni futuro que frecuentan en vida, el infierno que otros tantos con el tiempo habitarán. Son las huestes de la noche, ejércitos de sombra que infunden el miedo para algunos y para otros, como yo, la más sincera compasión. Esa mezcla arrolladora de clemencia, indignación, lástima, bronca, piedad e impotencia, pero sobre todo eso: impotencia.

Una mujer con tu rostro me hace señas desde un oscuro portal, mientras que un niño con tus manos se ofrece a lavar el parabrisas. Nada es lo que parece en mi ciudad de ausencias o en mi ausencia de ciudad. Un hombre cubre su desnudes con unas hojas de diario de dos años atrás y cierra tus ojos en su intento desesperado de atraer el sueño.

Te veo a ti en todos ellos. Me imagino a mí mismo, con apenas siete años; en este sucio rincón olvidado; ese oscuro agujero donde Peter Pan jamás olvidó su sombra, sombra que tras él se esconde noche a noche y ofrecen juntos lágrimas y flores, llantos y curitas en las mesas de algún bar; donde la voz alegre del pequeño Mowgli nunca recorrió la selva de norte a sur, ni a su canto se unieron ni Baloo, ni el Rey Louis, ni Bagheera, sino que se ahogó para siempre en el frío vientre de un ómnibus oscuro, colmado de ausencias y repleto de desengaños; donde Blancanieves se hizo adicta a su manzana envenenada y Caperucita espera en una esquina el acecho, sin piedad ni culpa, del lobo feroz.

Un escalofrío recorre mi cuerpo. El taxi se detiene. Nuevamente estoy en casa, más viejo, más cansado, pero por fin en casa. Abro la billetera para buscar con qué pagar y allí estamos nosotros, allí estás tú.

Juro por Dios, que amo esa foto. Yo, con un extraño aire de intelectual apasionado y tú, con tus ojitos turquesa iluminándolo todo. El mundo se derrumba y nosotros nos amamos. Nuestros ojos se buscan en una burbuja color esmeralda. En ese refugio de besos y abrazos concretamos nuestra huida, engañamos al tiempo y nos burlamos del adiós.

La ciudad parece un mundo, y en un rincón alejado de los ojos de los diarios y los noticieros, de las voces de siempre, de los gritos de auxilio; nos entregamos el uno al otro. Casi en silencio, para no despertar a nadie. Y que nadie piense siquiera en pincharnos nuestra pompa de jabón. No vaya a ser que la oscuridad se proponga contagiarnos, que nos roben la alegría e hipotequen nuestros sueños. No. Cerremos puertas y ventanas, que ya habrá tiempo para salir y contagiar nosotros de amor y de esperanza, de alegría y sinceridad. Ya habrá tiempo de despertar de su siesta al sueño perdido, al niño olvidado. Ya habrá tiempo para desafiar a la tristeza, para vencer a la derrota, para construir de nuevo, para hacer historia. Ya habrá tiempo para ver la luz... y vaya si lo habrá.

Sonrío, y una paz y una intuición se apoderan de mi mente. Me siento a salvo. Ya no tengo miedo, de todo estoy a salvo.

-Así está bien, quédese con el cambio. Muy buenas noches y gracias.

El mundo se derrumba y nosotros nos amamos. La intuición se hace certeza. Ya no cabe dudas. Hoy más que nunca, ese otro mundo es posible.



Federico Comesaña

15 agosto 2006

A veces...

A veces sueño que soy el olvido,
a veces me pierdo en mi propia desesperanza;
danzo por el mundo al compás de la nostalgia,
de la empatía a la agonía, del orgullo al desamor.

A veces sueño que corro
y a un mismo tiempo río y lloro,
corro y vuelo en busca de aquello,
aquello que jamás pude encontrar.

A veces sueño que soy el olvido,
marioneta del tiempo, peón de la locura;
un simple guerrillero de esperanzas rotas,
de intentos fallidos y amagues de cordura.

A veces me pierdo en la angustia y el desdén,
en el sufrido dolor, en la nula resistencia,
en el eterno palpitar de un corazón acorralado
tras la triste utopía de pensarme un triunfador...

...y a veces, sólo a veces me creo omnipotente
y como un ave que surca el cielo a su antojo,
escribo en mi pecho la palabra LIBERTAD.


Federico Comesaña